471. El latido del encierro.
Narra Dulce.
El auto avanza con una constancia que me taladra los nervios. No sé a dónde vamos. Las luces de la ciudad quedaron atrás hace rato, reduciéndose a un parpadeo distante que ya no alcanza ni para orientarme. Ahora solo hay ruta, recta y silenciosa, con árboles que se inclinan bajo el peso del viento, como si quisieran espiar quién soy antes de que desaparezca. El conductor no me dirige la palabra; ni una frase, ni siquiera una mirada fugaz por el espejo retrovisor. Solo su olor me ac