46. A cada santo le llega su Lorena.
Narra Ruiz.
Uno sabe que la traición está cerca cuando el silencio de los leales empieza a pesar más que los gritos de los enemigos.
La oficina huele a cigarro y sudor frío. Afuera llueve con rabia. Dentro, yo camino como si cada paso midiera el eco de mi imperio. Los espejos me devuelven una imagen cansada, sí, pero también una mirada que no aprendió a retroceder nunca.
Mi celular vibra, claro que no contesto. Estoy esperando otra llamada.
Ella me habló anoche.
No directamente.
Pero sí con los