432. El infierno también ama.
Narra Dulce.
Me encierro en el baño con el corazón latiéndome en la garganta y el sabor metálico del beso aún pegado a la boca. Me arde la cara donde le pegué. Me arde el alma por haberlo besado después. Lo odio. Lo odio con cada centímetro de piel que se me eriza cuando él me mira como si fuera suya.
Pero no puedo dejar de desearlo.
Me dejo caer al suelo, con la espalda contra la pared fría y las piernas dobladas. El azulejo está sucio, pegajoso. La humedad del encierro se pega a la piel como