431. El beso de la víbora.
Narra Bruno.
El aire en la habitación se corta como un hilo tenso que amenaza con romperse, cargado de esa electricidad previa a la tormenta, esa que eriza la piel sin necesidad de tocarla. Las paredes parecen acercarse, cerrando el espacio, absorbiendo el poco oxígeno que queda. Hay una lámpara en la esquina, su luz amarillenta apenas dibuja sombras alargadas sobre la alfombra, y cada silueta parece un animal agazapado, listo para saltar. El silencio pesa, denso, roto apenas por el golpeteo de