42. La caída del velo.
Narra Lorena.
A veces, el silencio pesa más que la verdad.
Esa mañana, cuando desperté en la cama de Ruiz, envuelta en sus brazos como si fueran una soga tibia y perfumada de humo, algo me arañó el pecho desde adentro.
No era dolor. Era una advertencia.
Sus dedos dormidos rozaban mi cintura, pero su alma ya no estaba allí.
No conmigo. No en ese cuarto.
La sentí vagar, inquieta, más allá de esas paredes, tramando algo.
Lo observé dormir. O fingir dormir, porque nadie como él domina mejor el arte