372. Fiebre de vidrio.
Narra Lorena.
El mundo se reduce a esta habitación blanca, inmóvil, perfumada de desinfectante y luz artificial. Cada rincón parece diseñado para anular el pensamiento. Para empastar los sentidos. Pero el cuerpo... el cuerpo recuerda. Y duele.
Tengo la boca seca, un zumbido constante en la cabeza, y las muñecas marcadas de tanto luchar contra las correas. Pero esta vez, una mano ya no está atada. Solo una.
No sé si fue error, trampa, o parte del show.
Me arrastro. Como un animal lastimado. Como