21. Cuando una mujer empieza a creer.
Narra Lorena.
Me desperté antes que él.
El sol apenas filtraba una línea dorada entre las cortinas gruesas, y su respiración pausada me envolvía la espalda como una manta invisible. Tenía el brazo tirado sobre mi cintura, como si mi cuerpo fuera algo que se le pudiera escapar en sueños.
No quise moverme.
No por miedo.
No por costumbre.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, estar ahí… no dolía.
Lo miré.
La mandíbula relajada, los labios entreabiertos, el tatuaje medio escondido en la lín