138. La balanza y la herida.
Narra Lorena
El mundo huele a cloro y silencio.
La sala es blanca, más blanca de lo que cualquier sala debería ser. Tiene esas luces quirúrgicas que no perdonan ni las pestañas, esas que desnudan más que una confesión. Estoy sentada en una silla de metal, con una manta sobre los hombros, como si eso pudiera protegerme de todo lo que me arde por dentro. No tiemblo, no lloro, pero la fragilidad me sale por los poros. Estoy viva, pero no intacta.
Frente a mí, como una estatua moral con alma de jue