135. El filo en el pecho, la mentira en la mano.
Narra Lorena.
La casa entera parece dormida, pero yo sé mejor que nadie que las paredes de esta mansión tienen ojos, oídos y una memoria que apesta a pólvora seca, a sangre derramada en los rincones, a susurros nunca olvidados. Me muevo descalza, con la camiseta de Ruiz aún pegada a mi cuerpo, una trampa voluntaria, una bandera blanca que cubre dinamita, mientras sujeto el celular como si fuera una criatura viva, palpitante, una bomba a punto de activarse entre mis dedos.
La madrugada está en e