117. Dijiste que la ciudad era tuya, Ruiz.
Narra Ruiz
La ciudad me teme, pero empieza a dudar de que deba hacerlo.
Los cimientos del poder tiemblan, no porque yo los sacudo, sino porque otro lo hace. Y no hay traición más letal que la que viene desde arriba, de esos que usan trajes caros y palabras limpias para ensuciar más que el barro de las cloacas. El alcalde está muerto. Lo dejan tirado como un perro en una zanja, con una bala entre ceja y ceja, sin sello, sin firma, sin aviso. Pero yo sé leer los silencios. Y este asesinato no es