El dolor abre más los ojos que la lealtad.
Sara cerró la puerta del coche con un movimiento seco, aunque no encendió el motor. Permaneció quieta, con las manos aún sobre la manilla, como si una parte de ella se resistiera a aceptar que todo lo que acababa de ver no era una pesadilla, sino la realidad.
Su pecho subía y bajaba con dificultad. Respiraba de forma entrecortada, como si el aire no encontrara espacio en sus pulmones. Sentía una presión en el pecho, no solo física, sino emocional, como si sus propios pensamientos la estuvieran