La lancha de Salvatore Fazio era rápida, cortando el Mediterráneo. Nos dirigíamos al norte, pero Julian no podía esperar dos días. Su herida, apenas vendada con mi seda manchada de sangre, le había provocado fiebre. El dolor lo hacía delirar, y en ese estado vulnerable, su mente regresaba a la hora perdida.
Estábamos apretados en la cabina de la lancha. Julian se retorcía.
—El traje... la sangre... no fue Abietti —murmuró Julian, su voz era un hilo febril.
—Cálmate. Necesitas dormir —dije, sintiendo una punzada de algo parecido a la preocupación.
—No... la sangre en el traje... era de Baldi. No de Abietti. ¡Yo golpeé a Baldi! Lo amenacé con su propia arma... antes de perder la conciencia. Nicolás me vio.
La revelación me golpeó con la fuerza de una ola. Julian no había matado a su padre. Había atacado al Consigliere, Baldi, probablemente por el microfilm o por el control. Eso significaba que Baldi seguía vivo, y era un enemigo mortal, y que el asesino de Abietti era solo Baldi o Narci