La lancha de Salvatore Fazio era rápida, cortando el Mediterráneo. Nos dirigíamos al norte, pero Julian no podía esperar dos días. Su herida, apenas vendada con mi seda manchada de sangre, le había provocado fiebre. El dolor lo hacía delirar, y en ese estado vulnerable, su mente regresaba a la hora perdida.
Estábamos apretados en la cabina de la lancha. Julian se retorcía.
—El traje... la sangre... no fue Abietti —murmuró Julian, su voz era un hilo febril.
—Cálmate. Necesitas dormir —dije, sint