Logramos dejar el puerto de Nápoles subiendo a un camión de carga con destino al sur. El conductor, sobornado con el último dinero en efectivo que nos quedaba, no hizo preguntas. Nos escondimos entre lonas y cajas.
La herida de Julian era una agonía punzante. El vendaje improvisado de Agustina, su ropa interior de seda ya estaba saturado. El hombro ardía. El camión se movía, y con cada bache, la rabia crecía.
Estábamos en la oscuridad, pegados uno al otro por la falta de espacio. El Retablo de