Logramos dejar el puerto de Nápoles subiendo a un camión de carga con destino al sur. El conductor, sobornado con el último dinero en efectivo que nos quedaba, no hizo preguntas. Nos escondimos entre lonas y cajas.
La herida de Julian era una agonía punzante. El vendaje improvisado de Agustina, su ropa interior de seda ya estaba saturado. El hombro ardía. El camión se movía, y con cada bache, la rabia crecía.
Estábamos en la oscuridad, pegados uno al otro por la falta de espacio. El Retablo de los Conti, nuestro trofeo, estaba a mis pies.
—Si no hubieras gastado todo mi dinero en cuentas secretas, podríamos haber pagado un médico —gruñó Julian, su voz era tensa por el dolor.
—Si no hubieras sido tan arrogante, habrías notado que los Conti nos estaban esperando. Deja de usar mi astucia como excusa para tu dolor —replicó Agustina, su voz era baja y afilada, sin miedo.
La discusión, largamente pospuesta, había comenzado.
—No se trata de astucia, Agustina. Se trata de traición. Tres cient