La habitación del hospital estaba bañada en la luz suave del amanecer, con el pitido constante de los monitores como un recordatorio de la fragilidad de Lisandro.
Él yacía en la cama, con el hombro vendado y el rostro pálido tras el disparo que recibió en la fábrica al proteger a Valeska de Dante. Valeska estaba sentada a su lado, con Adrián dormido en una cuna portátil. Sus ojos, rojos por las lágrimas y el insomnio, estaban fijos en Lisandro, pero no con ternura.
Estaba furiosa.
La caída de D