La fábrica abandonada se alzaba como un gigante oxidado bajo la luna, con sus ventanas rotas reflejando la luz plateada. El aire olía a metal y humedad, y el silencio era roto solo por el goteo de una tubería lejana.
Lisandro avanzó entre las sombras, con el brazo aún dolorido por la herida del puerto, pero los ojos encendidos por la determinación. Sabía que Dante lo esperaba dentro, con una trampa lista para cerrarse. Pero Lisandro había planeado cada paso: los videos que hundieron a Iskra, la