Los días avanzaron con una velocidad tortuosa. Lisandro miraba a Valeska desde la cama, esa mezcla de vulnerabilidad y ansiedad en sus ojos, que ahora parecían buscar respuestas en ella.
Había algo en la insistencia con la que la miraba, como si en su amnesia fragmentada esa última muralla entre ellos quisiera derrumbarse a toda costa.
Ella no sabía si estaba lista para eso, para abrir esa puerta que llevaba tiempo cerrada, con llave y candado, por miedo, por dolor, por orgullo.
—Valeska —dijo