Valeska avanzó en silencio, sin apurar el paso, pero tampoco deteniéndose a observar los cuadros genéricos en las paredes del hospital.
Había vuelto. Contra todo lo que le decía su orgullo, contra lo que sus instintos gritaban cada noche desde que Lisandro había abierto los ojos, había vuelto. Por él. O por su hijo. O porque, aunque no quisiera admitirlo, una parte de ella no sabía cómo cerrar esa historia sin antes mirar a Lisandro a los ojos y ver qué quedaba en ellos.
Un mes. Treinta días. E