El teléfono se deslizó lentamente entre sus dedos hasta caer en su regazo, como si el peso de aquella llamada fuera demasiado para sostenerlo. Pero no fue solo el teléfono lo que se le resbaló… también se le escapó el aire, la cordura, la fuerza que había reunido durante todos esos días para marcharse.
Valeska se quedó ahí, completamente inmóvil, con los ojos abiertos pero sin ver, con los labios entreabiertos pero sin poder articular palabra. Los latidos de su corazón le martillaban las sienes