Era un lunes temprano cuando Erika llegó al edificio, su mente aún marcada por la calma que había encontrado en los pequeños gestos de Alessandro durante la última semana. Aunque su vida seguía atada a la rutina frenética del trabajo, algo había cambiado en su interior. De alguna forma, empezaba a ver la vida de una manera diferente, pero todavía se sentía vulnerable, como si el miedo a abrirse por completo estuviera siempre al acecho.
Esa mañana, al cruzar la puerta del edificio, se encontró con una figura inesperada. Amelia, la madre de Alessandro, estaba esperando cerca de la recepción. Su presencia no pasó desapercibida para nadie; siempre tan elegante, tan segura de sí misma, como si su aura de calma y simpatía pudiera llenar cualquier habitación.
Erika se detuvo por un instante, sorprendida por la aparición de Amelia. No sabía mucho de ella, solo lo que había oído en conversaciones dispersas: una mujer amable, carismática y cálida, todo lo contrario, a la frialdad de su hijo, Al