El día nueve comenzó antes de que la luz artificial del cuarto se encendiera.
Erika despertó lentamente, como si su cuerpo se hubiera adelantado a la rutina impuesta por el laboratorio.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco.
Había aprendido algo en los últimos días: el lugar tenía un ritmo.
Uno que, de manera casi imperceptible, había empezado a sincronizarse con su propio cuerpo.
Ese pensamiento la incomodó.
Giró la cabeza hacia la ventana.
El bosque estaba cubierto