El día diez comenzó antes de que la luz artificial del techo se encendiera.
Erika despertó lentamente, como si su cuerpo hubiera decidido adelantarse otra vez a la rutina programada del laboratorio. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco de la habitación que ya conocía demasiado bien.
Diez días.
La cifra apareció en su mente con una claridad incómoda.
Diez días desde que había llegado allí.
Diez días de observar, analizar, adaptarse.
Y también de empezar a entender.
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