A lo largo de las siguientes semanas, Alessandro continuó con aquel patrón silencioso pero constante y aquello no era algo evidente, ni grandioso y mucho menos intrusivo. Él parecía haber entendido, casi con una percepción instintiva, que Erika todavía se movía con cautela dentro de sí misma como si cualquier gesto demasiado grande pudiera asustarla o hacerla retroceder. Por eso sus atenciones llegaban en dosis pequeñas, casi imperceptibles… pero cada una encontraba el lugar exacto para quedarse.
En la oficina, cuando ella entraba con el ceño fruncido por las horas de sueño robadas por la ansiedad, él aparecía sin anunciarse con una taza de café caliente, exactamente como a ella le gustaba. No decía nada extraordinario, solo un “sé que la mañana estuvo pesada” que se le escapaba con naturalidad, como si estuviera simplemente observando y respondiendo a su ritmo, sin invadirlo.
En las reuniones, cuando Erika dudaba antes de dar una opinión —porque aún cargaba el eco de las críticas de