La noche del día ocho llegó con la misma precisión silenciosa que las anteriores.
La luz del cuarto descendió gradualmente, cambiando del tono cálido del atardecer artificial a una penumbra suave que hacía que las sombras en la habitación se volvieran más largas y difusas.
Erika estaba sentada en la silla junto a la mesa.
Damián seguía de pie frente a ella.
La conversación de la tarde había terminado hacía varios minutos, pero ninguno de los dos parecía tener prisa por romper el momento.
Era ex