No era algo que Erika estuviera acostumbrada a escuchar. Siempre había sido ella quien se encargaba de los demás, quien tomaba la responsabilidad de cargar con el peso de las expectativas ajenas. La idea de recibir apoyo sin tener que ofrecer algo a cambio le resultaba extraña, incluso incómoda.
Sin embargo, algo en ella se despertó, una chispa pequeña pero persistente. Aunque sus muros seguían altos, algo en el gesto de Amelia la hizo preguntarse si realmente era posible confiar en alguien nuevamente. Si alguna vez podría permitirse creer que las personas podían ser amables sin tener segundas intenciones.
Y mientras continuaba su día, Erika se sintió extrañamente inquieta. Había algo en la sencillez del gesto de Amelia que la hacía pensar en su propio aislamiento, en cómo había vivido tantos años al margen de las muestras de cariño genuinas. Siempre había tenido miedo de permitir que los demás se acercaran demasiado, por temor a ser vulnerable, a ser herida una vez más. Y, sin embarg