El tiempo se comprimió en un pulso irregular.
Cada segundo parecía estirarse y romperse al mismo tiempo, como si la realidad misma estuviera siendo forzada más allá de su límite natural. La cabaña ya no era un refugio: era un cuerpo herido que crujía, gemía y sangraba madera y metal bajo el asedio.
El olor a pólvora se volvió más denso. Se mezclaba con el de la sangre fresca y con ese aroma áspero de los explosivos que se filtra en la garganta y no se va, aunque uno contenga la respiración.
Hanna retrocedía con movimientos calculados, cubriendo el flanco izquierdo mientras obligaba a los atacantes a mantenerse a distancia. No disparaba por desesperación, sino por necesidad. Cada bala era un límite impuesto. Cada detonación, una advertencia.
—Lucca —dijo sin apartar la vista del frente—. Mírame.
Él levantó la cabeza con dificultad. Su rostro estaba pálido, el sudor frío perlándole la frente, pero sus ojos seguían lúcidos.
—¿Puedes moverte?
Lucca apretó los dientes y asintió una sola ve