El tiempo se comprimió en un pulso irregular.
Cada segundo parecía estirarse y romperse al mismo tiempo, como si la realidad misma estuviera siendo forzada más allá de su límite natural. La cabaña ya no era un refugio: era un cuerpo herido que crujía, gemía y sangraba madera y metal bajo el asedio.
El olor a pólvora se volvió más denso. Se mezclaba con el de la sangre fresca y con ese aroma áspero de los explosivos que se filtra en la garganta y no se va, aunque uno contenga la respiración.
Han