La noche no dio ninguna advertencia.
No hubo un presentimiento claro, ni un sonido previo que anunciara lo que estaba a punto de romperse. Solo ese silencio antinatural que se instala cuando incluso la montaña parece contener la respiración. La cabaña permanecía envuelta por la nieve reciente, blanca, casi inocente, como si no estuviera a punto de convertirse en escenario de algo irreparable.
Lucca fue el primero en notarlo.
No fue un ruido. Fue la ausencia de él.
Demasiado silencio en el perímetro.
Se detuvo en seco, el cuerpo tensándose con una reacción entrenada que no necesitaba pasar por la conciencia. Sus ojos se desplazaron hacia los monitores de seguridad, alineados en una pared discreta junto a la cocina. Las cámaras exteriores seguían mostrando el bosque, los árboles inmóviles, la nieve cayendo con parsimonia. Demasiado perfecto.
—Hanna —dijo en voz baja, sin girarse—. Algo está mal.
Hanna ya estaba de pie antes de que él terminara la frase. Tenía el comunicador en la mano y