El timbre sonó una sola vez.
Amelia Miller no era una mujer que se sobresaltara con facilidad, pero algo en ese sonido —breve, insistente, fuera de lugar— le recorrió la espalda como una corriente helada. Había pasado la mañana revisando informes, leyendo en la sala bañada por la luz suave que entraba por los ventanales. Todo estaba en orden. Demasiado en orden.
Se levantó con calma, como había aprendido a hacerlo a lo largo de los años, y avanzó hacia la puerta sin prisa. No preguntó quién era. No solía hacerlo. La costumbre de enfrentar lo que viniera de frente seguía intacta.
Cuando abrió, lo supo de inmediato.
Damián Baker estaba allí, de pie, con el cuerpo rígido, los ojos hundidos y un temblor apenas perceptible recorriéndole la mandíbula. No sonreía del todo, pero tampoco estaba serio. Era una expresión rota, descompuesta, como si varias emociones se hubieran superpuesto sin lograr encajar.
—Hola, Amelia—dijo él, con una voz demasiado controlada para lo que le hervía por dentro