Alessandro llegó a la casa de su madre cuando el cielo empezaba a oscurecer otra vez, como si el día hubiera decidido plegarse sobre sí mismo sin terminar de ofrecer descanso. Aparcó sin apagar de inmediato el motor. Permaneció unos segundos con las manos apoyadas en el volante, respirando hondo, obligándose a desacelerar el pulso que todavía llevaba el ritmo del presagio.
No era miedo lo que sentía. Era responsabilidad.
Entró sin tocar. Amelia nunca cerraba con llave cuando esperaba algo, y aq