La sensación no la abandonó en todo el día.
Erika intentó convencerse de que era simple sugestión, el resultado de demasiadas emociones acumuladas, de noches mal dormidas y de un silencio montañoso que amplificaba cualquier pensamiento. Sin embargo, aun mientras caminaba junto a su padre por los senderos cercanos a la cabaña, ese peso leve pero persistente se mantenía anclado a su pecho, como una presencia invisible que respiraba al mismo ritmo que ella.
Lucca avanzaba a su lado con paso relajado, comentándole detalles del paisaje, señalando huellas apenas perceptibles sobre la tierra húmeda, hablando de animales que rara vez se dejaban ver. Erika asentía, sonreía en los momentos correctos, pero por dentro estaba en otro lugar.
—¿Estás aquí conmigo? —preguntó él sin mirarla directamente.
Ella se sobresaltó apenas.
—Sí… claro que sí —respondió—. Perdón, estaba distraída.
Lucca la observó entonces, con esa mirada serena que no invadía, pero tampoco dejaba pasar nada.
—Te pasa algo —dijo