Verónica Wilson no gritaba.
Nunca lo hacía.
El verdadero peligro en ella no estaba en el volumen de su voz, sino en la precisión con la que sabía dónde clavarla. Damián lo sabía desde niño, lo había aprendido a golpes emocionales, a silencios prolongados, a miradas que no necesitaban explicación. Pero, aun así, esa noche, tuvo la osadía —o la estupidez— de plantarse frente a ella con el orgullo malherido y la rabia todavía caliente bajo la piel.
El despacho estaba en penumbra, solo una lámpara