Verónica Wilson no gritaba.
Nunca lo hacía.
El verdadero peligro en ella no estaba en el volumen de su voz, sino en la precisión con la que sabía dónde clavarla. Damián lo sabía desde niño, lo había aprendido a golpes emocionales, a silencios prolongados, a miradas que no necesitaban explicación. Pero, aun así, esa noche, tuvo la osadía —o la estupidez— de plantarse frente a ella con el orgullo malherido y la rabia todavía caliente bajo la piel.
El despacho estaba en penumbra, solo una lámpara lateral iluminaba el rostro de Verónica, sentada con la espalda recta, las manos cruzadas sobre el regazo. Verónica parecía tranquila, excesivamente demasiado.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de todo esto? —preguntó ella, sin mirarlo todavía—. No es Alessandro Miller, ni el caos mediático y mucho menos Erika.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces dime qué es, porque yo soy el que está pagando las consecuencias.
Verónica levantó la mirada lentamente. Sus ojos eran fríos, calculadores, quirúr