La noche había caído con una densidad antinatural, como si el cielo hubiera decidido aplastar la montaña con su oscuridad. No era una noche silenciosa; era peor. El viento se deslizaba entre los árboles como un susurro vigilante, moviendo las copas con una cadencia lenta, casi ritual. La cabaña permanecía oculta entre pinos altos y rocas irregulares, invisible para cualquiera que no supiera exactamente dónde buscar. Allí, el mundo parecía haberse detenido, suspendido en un equilibrio frágil que podía romperse con una sola decisión equivocada.
Lucca observaba desde el ventanal, inmóvil. Aparentemente su cuerpo estaba relajado, pero su mente no, nunca lo estaba. Con el pasar de los años él había aprendido que el descanso verdadero era un lujo que solo se permitían los muertos o los ingenuos. A su espalda, el interior de la cabaña estaba en penumbra: madera oscura, una mesa rústica, dos sillas, un sofá sencillo y, al fondo, la habitación donde Erika dormía. O eso creía. No necesitaba com