La noche había caído con una densidad antinatural, como si el cielo hubiera decidido aplastar la montaña con su oscuridad. No era una noche silenciosa; era peor. El viento se deslizaba entre los árboles como un susurro vigilante, moviendo las copas con una cadencia lenta, casi ritual. La cabaña permanecía oculta entre pinos altos y rocas irregulares, invisible para cualquiera que no supiera exactamente dónde buscar. Allí, el mundo parecía haberse detenido, suspendido en un equilibrio frágil que