La noche se había asentado sobre la ciudad con una paciencia cruel, como si supiera que bajo su manto se moverían decisiones que no podían deshacerse. En la mansión Baker, las luces permanecían encendidas en alas distintas, señales silenciosas de que nada estaba en calma. Débora Baker no dormía. Nunca dormía cuando algo escapaba a su control. Caminaba descalza sobre el mármol frío, con una bata de seda oscura cayendo como una sombra tras ella, repasando mentalmente cada movimiento de los último