La noche se había asentado sobre la ciudad con una paciencia cruel, como si supiera que bajo su manto se moverían decisiones que no podían deshacerse. En la mansión Baker, las luces permanecían encendidas en alas distintas, señales silenciosas de que nada estaba en calma. Débora Baker no dormía. Nunca dormía cuando algo escapaba a su control. Caminaba descalza sobre el mármol frío, con una bata de seda oscura cayendo como una sombra tras ella, repasando mentalmente cada movimiento de los últimos días, cada llamada, cada informe, cada nombre que había aparecido con demasiada frecuencia: Erika. Lucca. Alessandro.
Verónica Wilson observaba desde el sillón, con una copa de licor intacta entre los dedos. No bebía. No aún. Había aprendido a reservar el alcohol para cuando el daño ya estaba hecho. Su rostro no mostraba rabia, sino algo más peligroso: cálculo. El silencio entre ambas no era incómodo; era un campo minado.
—No deberíamos haber perdido su rastro —dijo Verónica al fin, rompiendo