Horas antes
La casa Wilson no dormía, jamás lo hacía del todo. Incluso de noche, cuando las luces se atenuaban y los pasillos parecían sumergirse en una calma artificial, había algo en sus muros que permanecía despierto. Una vigilancia silenciosa. Una conciencia antigua hecha de secretos, pactos rotos y verdades que jamás se pronunciaban en voz alta.
Y, Hanna Wilson lo sabía desde niña, por eso nunca había llamado “hogar” a ese lugar. Aquella tarde, la lluvia caía con suavidad sobre los jardines perfectamente recortados. Las gotas resbalaban por los ventanales como si intentaran borrar reflejos incómodos, pero la casa permanecía intacta, inmutable, elegante hasta en su frialdad.
Hanna se encontraba de franco.
Una rareza.
Las fuerzas especiales no concedían descansos reales; solo pausas estratégicas entre misiones que no admitían error. Aun así, estaba allí, vestida con ropa civil, a penas unos jeans negros ceñidos, unas botas blancas hasta la rodilla y una blusa de manga larga color l