La noche se desplegó sobre la montaña como un animal antiguo, pesado y silencioso.
No hubo un instante exacto en el que pudiera decirse que el día terminó. Simplemente, la luz comenzó a retirarse, primero tímidamente, luego con decisión, hasta que el mundo quedó atrapado en una penumbra espesa, casi opresiva. Los árboles se alzaban como columnas negras, inmóviles, y el viento había dejado de soplar, como si incluso la naturaleza hubiese decidido observar en silencio lo que estaba a punto de ocurrir.
Débora Baker caminaba de un extremo a otro de la sala de operaciones con pasos lentos pero firmes. No era una mujer que se dejara llevar por impulsos visibles; su furia siempre se manifestaba de otra forma: en la precisión de sus órdenes, en la frialdad de sus decisiones, en la ausencia total de culpa. Cada paso que daba resonaba levemente contra el suelo pulido, marcando el tiempo de una cacería que llevaba semanas gestándose.
—No quiero zonas grises —dijo sin detenerse—. Cada punto del m