Había pasado una semana desde aquella noche en que todo cambió. El silencio del departamento de Erika se sentía distinto, pesado, como si el aire guardara todavía el eco del miedo. Volver había sido un acto de valentía forzada. No era que quisiera estar allí, sino que necesitaba demostrarse que podía. A veces, sobrevivir se parecía mucho a fingir control.
Las cerraduras nuevas, las cámaras en cada esquina, el sistema de seguridad monitoreado las veinticuatro horas: todo parecía una fortaleza. Y, aun así, cuando el viento golpeaba las ventanas por la madrugada, ella se estremecía. No era el ruido lo que la alteraba, sino el recuerdo de aquel sonido seco, de botas en el pasillo, del teléfono temblando entre sus dedos cuando llamó a Alessandro.
Había intentado retomar la rutina. Despertar temprano, preparar café, ducharse sin pensar demasiado. Pero su reflejo en el espejo seguía teniendo ojeras profundas y una mirada que no reconocía. Desde aquella noche, algo se había roto en su interio