Débora, su casi suegra, tenía un talento único para el veneno silencioso.
Nunca gritaba, nunca insultaba. Le bastaban tres palabras bien medidas para hacerla sentir diminuta.
“Eres demasiado joven.”
“Damian necesita a alguien más estable.”
“Tienes buenas intenciones, pero eso no alcanza.”
Eran frases suaves, pero precisas.
Y Erika, con la herida abierta del abandono familiar, se esforzaba por agradarle, por ser aceptada, por no volver a ser “la que sobra”.
Hasta que un día se miró al espe