Débora, su casi suegra, tenía un talento único para el veneno silencioso.
Nunca gritaba, nunca insultaba. Le bastaban tres palabras bien medidas para hacerla sentir diminuta.
“Eres demasiado joven.”
“Damian necesita a alguien más estable.”
“Tienes buenas intenciones, pero eso no alcanza.”
Eran frases suaves, pero precisas.
Y Erika, con la herida abierta del abandono familiar, se esforzaba por agradarle, por ser aceptada, por no volver a ser “la que sobra”.
Hasta que un día se miró al espejo y no se reconoció. No quedaba nada de la mujer que había sido.
Fue entonces cuando decidió irse.
Le costó todo: lágrimas, noches sin dormir, el miedo de empezar desde cero.
Pero lo hizo.
Y juró no volver a dejar que nadie cruzara esa línea invisible que separaba el amor del poder.
Ahora, de pie frente al espejo del hotel, Erika veía los restos de esa promesa en su reflejo.
Su rostro tenía el mismo gesto sereno que mostraba siempre, pero en los ojos había una sombra. No miedo, sino can