—Vaya sorpresa encontrarte aquí, querida.
Erika se detuvo de golpe. Reconoció el tono antes que el nombre. Débora. La madre de Damian.
Se volvió despacio, con el pulso acelerado. Débora estaba impecable como siempre, con un abrigo caro y el cabello perfectamente recogido. Sonreía, pero la sonrisa no era amable. Era la clase de sonrisa que se usaba para medir distancias antes de atacar.
—Señora Débora —dijo Erika, esforzándose por sonar serena—. Qué coincidencia.
—Coincidencia o destino, nunca se sabe —respondió la mujer con una voz que sonaba ensayada—. Hace tiempo que no te veía. Te ves… diferente.
—He estado ocupada.
—Sí, eso me han dicho. Trabajando para Alessandro Miller, nada menos. Un hombre muy… poderoso.
Erika sintió un leve temblor en la garganta, pero mantuvo el rostro neutro.
—Es un trabajo, señora.
—Oh, claro. Solo un trabajo —dijo Débora con fingida inocencia—. ¿Por qué no tomamos un café? Hay una cafetería justo al frente. Quiero conversar contigo.
—Lo siento, tengo pr