—Vaya sorpresa encontrarte aquí, querida.
Erika se detuvo de golpe. Reconoció el tono antes que el nombre. Débora. La madre de Damian.
Se volvió despacio, con el pulso acelerado. Débora estaba impecable como siempre, con un abrigo caro y el cabello perfectamente recogido. Sonreía, pero la sonrisa no era amable. Era la clase de sonrisa que se usaba para medir distancias antes de atacar.
—Señora Débora —dijo Erika, esforzándose por sonar serena—. Qué coincidencia.
—Coincidencia o destino, nunca s