La vida en la periferia de la gran ciudad se había asentado en una rutina de dualidades perfectamente coreografiadas, donde el asfalto y el musgo parecían haber firmado una tregua silenciosa. Tamara y Zack habían establecido su hogar en una propiedad que servía de frontera física y espiritual; una casa de arquitectura moderna, con grandes ventanales y líneas limpias que se hundía, casi literalmente, entre las raíces milenarias de los robles del sector norte. Para la manada, la integración bajo