La atmósfera en los límites del sector norte había comenzado a espesarse, adquiriendo una cualidad eléctrica que erizaba el vello de los Lican mucho antes de que sus ojos percibieran peligro alguno. Tamara, cuya sensibilidad se había multiplicado por el vínculo compartido con la vida que latía en su vientre, caminaba por el lindero del bosque sintiendo que el aire mismo había cambiado de textura; ya no era la frescura húmeda de la tierra, sino un frío seco, estático, que parecía absorber el son