Mansión Zimmel, diez años antes:
El auto frenó justo frente al jardín y de él se bajaron ella y Marco. Ella venía descalza caminando por sobre la suave hierba del césped, disfrutando de haber liberado sus pobres pies de los terriblemente altos tacones que se había visto forzada a ponerse para asistir al evento del que acababan de regresar.
Marco la miró de soslayo, torciendo los labios.
—Extremadamente antihigiénico e infantil de tu parte, ¿no crees?
—Me duelen los pies.—explicó ella, en un