—¡Imbecile!—bramó Casanova, evidentemente enojado.— el hombre debe ser más tonto de lo que creía. No sólo se divorció de ti, caramelo, ¿también fue capaz de decir eso?
—Sí.
Casanova tomó el rostro de ella entre sus manos, besándola con arrolladora pasión.
—Cualquier hombre lo suficientemente estúpido como para dejarte ir no te merece. Estás mejor sin él, bella.
Una sonrisa tonta parecía haberse apoderado de los labios de ella. Conducía de regreso a casa, mordiéndose los labios y riéndose com