MILA
Sus manos van a mis hombros, prensando la escasa carne que hay en ellos como si sus dedos fuesen tenazas.
La sangre se agolpa en mis pies y el dolor de los calambres estrujan mis tendones, mi estómago y mi cuello.
No puedo hablar, por dentro tiemblo como vara y sé que mi piel se ha puesto tan blanca como la nieve misma.
—¡Dame una perra respuesta! —el grito me hace entrecerrar los ojos y la agresiva forma que tiene de zamarrearme va embotándome poco a poco—. ¡¿Qué hacías ahí?! ¡Qué mierda