El salón del club huele a humo rancio, madera quebrada y ese perfume empalagoso que siempre flota después del caos, como si el aire intentara cubrir la violencia con una capa dulce e inútil. Mis manos duelen por cargar sillas rotas, pero sigo, una tras otra, apilándolas en un rincón que parece más un cementerio de muebles que un espacio de trabajo.
Respiro hondo, aunque cada bocanada raspa. Me obligo a no mirar al otro lado del salón, donde Lucien y sus hombres se agrupan alrededor del sargento