Las calles de Utah se despliegan frente a mí con una normalidad que me resulta casi ofensiva. Casas prolijas, jardines bien cuidados, árboles alineados como si alguien los hubiera colocado a propósito para dar una sensación de orden que no existe en ningún otro lugar del mundo. El cielo es claro, de un azul suave que no amenaza con tormenta alguna, y por un momento me parece imposible que yo exista aquí, sentada en el asiento trasero de un coche oscuro con los cristales polarizados, después de