La noche había caído con el peso habitual de la desesperación. De vuelta en el Lux Seduction, el brillo del neón y el pulso implacable de la música son un escudo ensordecedor para mi mente. Me muevo por el club con la eficiencia de un autómata, mis músculos tensos y mi rostro una máscara de fría indiferencia.
Había visto a Zoe. Varias veces. Cada encuentro es una inyección de veneno. Ella no se molesta en ser sutil. Me mira con una petulancia obvia, una sonrisa de suficiencia.
Lo peor de todo e