Después de la tormenta emocional de la mañana, intento que el sueño sea mi refugio, pero la mente es un territorio difícil de conquistar cuando está plagado de dudas. Me remuevo entre las sábanas de mi habitación en la mansión Belmont, sintiendo el peso del silencio de la casa sobre mí. No es un silencio pacífico; es una calma tensa, la clase de quietud que precede a un terremoto. Aun así, logro dormitar apenas unas horas, despertando con la sensación de que el tiempo se desliza entre mis dedos