El silencio que sigue a la propuesta de Arthur no es un vacío, sino una entidad física que pesa sobre mis hombros, cargada de una humillación que me quema la garganta. El aire en el gran salón de los Belmont, impregnado del aroma a madera de cedro y cera cara, de repente me resulta irrespirable. Miro a mi Arthur, el hombre cuya sangre corre por mis venas y que, en un giro cruel de los acontecimientos, acaba de intentar comprar mi lealtad —mi vida entera— con una propuesta envuelta en promesas d