SERA
Pasé más tiempo del habitual frente al saco de boxeo, tanto que, en un momento dado, mi entrenador personal soltó un largo suspiro.
—Oye, sabes que le estás dando una paliza a ese saco, ¿verdad? —bromeó. Le asesté un último puñetazo antes de girarme hacia él—. No sabía que tenías tanta rabia guardada —añadió, y yo dejé escapar una risa melancólica.
Tampoco yo lo sabía; no hasta que mi madrastra me recordó que mi propia madre me había abandonado para irse a morir de una sobredosis... y desp