SERA
—¡¿Quién está ahí?! —grité por quincuagésima vez desde que me vendaron los ojos y me tiraron en un cuarto como si fuera un saco de patatas. Fruncí el ceño al no recibir respuesta otra vez e intenté tocarme la venda, pero parecía que quitársela iba a ser toda una odisea.
De pronto, la puerta se abrió; me senté de golpe y presté atención a las pisadas. Eran dos personas, según calculé.
—Te dije que no le hicieras daño —regañó una voz bastante familiar. Fruncí el ceño, intentando convencerme