SERASeguía contemplando la comida que me habían llevado la noche anterior cuando, de pronto, la puerta hizo un clic. Levanté la mirada, esperando que alguien entrara, pero no apareció nadie. Alcé las cejas y, lentamente, me puse de pie. Caminé hacia la puerta y estiré la mano hacia la manija; efectivamente, estaba abierta. Me quedé allí un momento, con la mano aún sobre el pomo, medio esperando que alguien apareciera de la nada y la cerrara de un portazo, pero nadie lo hizo. El pasillo estaba silencioso y desierto, con esa clase de calma que, lejos de dar paz, contradice toda tranquilidad.Salí despacio y caminé de frente, sin saber a dónde iba, rogando por una oportunidad de escapar.La casa era hermosa, pero de una manera fría. Techos altos, pisos que reflejaban la luz como el agua, muebles que parecían no haber sido tocados jamás por alguien que realmente viviera allí. Todo era lujoso y gélido, y yo avanzaba con cautela, temerosa de que el eco de mis pasos lo hiciera aparecer.Pas
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